“Este dolor me está consumiendo”
Dijo Gabriel, de 48 años, cuando se conversó el reciente fallecimiento de su madre.
Afrontar la muerte, es uno de los mayores desafíos de los seres humanos, pues no sólo nos obliga a aceptar lo inevitable, sino a encarar nuestro propio miedo, que es el más agobiante de todos.
Recordé lo que aprendí de Paloma Cabadas, investigadora española, autora del libro La muerte lúcida; a menudo, nuestro dolor es egoísta. Para aliviarlo; debemos reflexionar, pensar un poco más en la persona que se fue y cómo podemos ayudarla. Demostrarle lo mucho que la seguimos amando. Cuanto más grande es nuestro dolor, menos ayudamos a quien acaba de partir a estar en paz.
Una de las mayores dificultades del ser humano es poder concebir que seamos algo más que cuerpo, y que la vida tal vez continúe en un plano que trasciende la materia y nuestros cinco sentidos.
Pero ¿cómo superar el dolor y recuperar el contacto con la vida?
Permitirnos la tristeza:
Para sobreponernos al dolor necesitamos llorar, hacer un espacio a la tristeza para poder dejarla atrás. Si la contenemos, en cualquier momento aflorará con más fuerza. Hay una tristeza saludable que no alivia y libera, que encesitamos sentir para poder restaurar nuestro interior.
Recordar lo agradable:
Evocar los momentos gratos que vivimos con la persona que murió y sus cualidades reduce la nostalgia y disipa poco a poco el dolor. La mente es una gran aliada en esos momentos, pero también una enemiga silenciosa, ya que puede hacernos mantener vivo el dolor en vez de llevarnos a la aceptación pensando en lo bueno.
Reconocer el regalo que nos dejan:
Cuando un ser querido se va nos deja un gran regalo para ayudarnos a vivir mejor; por ejemplo, nos hará descubrir nuevas maneras de usar la libertad, a ser más autosuficientes y revalorar la vida y a la gente.
Conectarnos en los sueños:
Paloma dice que, cuando soñamos con la persona que murió, establecemos con ella un contacto etéreo, pero no ilusorio. Si al soñarla nos transmite una sensación de armonía, creemos que se encuentra en paz donde está. De lo contrario, podemos ayudarla a alcanzar la paz visualizándola como si estuviera frente a nosotros hablándole con la mente clara y el corazón abierto. Así podremos cerrar cualquier pendiente con ella o decirle lo que pudimos cuando vivía.
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La muerte de un ser querido siempre nos lleva a formularnos preguntas acerca del más allá, la trascendencia de la vida y la idea de eternidad. Por tanto, el periodo de duelo nos da la oportunidad de reflexionar en un tema que, al menos la educación no suele tratar. De esta manera, al meditar sobre la muerte; nuestro temor se disipa y podemos darle a nuestra vida un sentido más profundo.
Como dice Paloma “perder el miedo a la muerte es también perder el miedo a vivir”.



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